Hoy quiero hablar de cosas que aprendemos demasiado pronto.
Aprendemos a leer, a escribir, a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Aprendemos qué cosas nos gustan y cuáles no. Aprendemos a hacer amigos, a compartir, a pedir perdón.
Pero algunas niñas aprendemos algo que nunca deberíamos haber tenido que aprender:a mirar nuestro cuerpo y pensar que no es suficiente.
Yo también fui esa niña.
Una niña que, sin entender demasiado bien por qué, empezó a relacionarse con su cuerpo desde un lugar que no era cariño. Empecé demasiado pronto a pensar en mi aspecto, en cómo me veía, en cómo me comparaba y en cómo podía cambiar aquello que veía en el espejo.
Y cuando eres pequeña no entiendes realmente lo que significa sentirte mal con tu cuerpo.
Solo sabes que hay algo de ti que no te gusta.
Y empiezas a creer que, si consigues cambiarlo, quizá también cambie la forma en la que te sientes.
Qué equivocadas estamos cuando somos niñas y creemos que nuestro cuerpo es el problema.
Porque una niña no debería estar pensando en si está demasiado delgada, demasiado gorda, demasiado alta, demasiado baja o si ocupa demasiado espacio.
Debería estar pensando en jugar.
En mancharse las rodillas.
En llegar a casa y contar una historia que probablemente no tenga ningún sentido.
En reírse hasta que le duela la barriga.
En crecer.No en aprender a odiarse.
Y quizá lo más complicado de estas cosas es que el tiempo pasa, pero algunas ideas se quedan.
Creces.Cambias.Tu cuerpo cambia.Tu vida cambia.
Y, sin embargo, algunas veces sigues teniendo dentro de ti esa voz que aprendiste a escuchar cuando eras demasiado pequeña.
Una voz que te hace compararte.Que te hace mirar fotografías y buscar defectos.
Que consigue que un día te mires al espejo y te gustes, y al siguiente vuelvas a encontrar mil cosas que cambiar.
Y entonces entiendes algo:el problema nunca fue realmente tu cuerpo.
El problema era todo lo que habías aprendido a pensar sobre él.
Durante mucho tiempo podemos confundir cuidarnos con castigarnos.
Pensar que querernos significa cambiar.
Creer que tenemos que alcanzar una determinada imagen para sentirnos suficientes.
Pero nuestro cuerpo no debería tener que ganarse nuestro cariño.
Nos ha acompañado desde el principio.
Ha estado ahí cuando hemos llorado, cuando hemos reído, cuando hemos tenido miedo, cuando nos hemos enamorado, cuando hemos abrazado a alguien que queremos.
Ha soportado cada etapa de nuestra vida.
Y aun así, muchas veces somos nosotros mismos quienes más duramente lo juzgamos.
Por eso hoy quiero escribirle a aquella niña.A la niña que no sabía que estaba empezando una batalla consigo misma.
Quiero decirle que lo siento.Siento que aprendiera tan pronto a mirarse con ojos tan duros.
Siento que alguna vez creyera que tenía que ser diferente para merecer cariño.
Siento que pensara que su cuerpo tenía que cumplir unas expectativas para poder sentirse orgullosa de él.
Y sobre todo quiero decirle algo que quizá necesitaba escuchar entonces:
No había nada malo en ti.Nunca lo hubo.No necesitabas cambiar para ser bonita.
No necesitabas ocupar menos espacio para ser querida.No necesitabas parecerte a nadie.No necesitabas convertirte en otra persona.Solo necesitabas ser una niña.
Y ahora, muchos años después, quizá todavía estoy aprendiendo a quererla.A quererme.
A entender que sanar no significa olvidar todo lo que pasó.
A veces sanar significa poder recordar aquella etapa sin volver a tratarte como tratabas a aquella niña.
Significa aprender a hablarte con la misma paciencia con la que hablarías a alguien que quieres muchísimo.Significa dejar de mirar tu cuerpo como un enemigo.
Significa entender que tu valor nunca estuvo en una talla, en un número, en una fotografía ni en un espejo.
Y quizá todavía haya días en los que me cueste.
No creo que sanar sea despertarse un día y querer absolutamente todo de ti.
Creo que sanar también es tener un día malo y decidir que eso no significa que vuelvas al principio.Es mirarte y decir:
“Hoy no me siento bien conmigo, pero sigo mereciendo tratarme bien.”
Y esa frase, aunque parezca pequeña, puede significar muchísimo.
Porque quizá nunca podamos cambiar las cosas que aprendimos de pequeñas.
Pero sí podemos decidir cuáles queremos seguir creyendo.
Y yo ya no quiero creer que tengo que ser diferente para merecerme.
Quiero aprender a vivir en mi cuerpo en lugar de pasarme la vida intentando cambiarlo.Quiero volver a sentirme libre.
Quiero comer sin convertir cada comida en una batalla.
Quiero mirarme al espejo y ver a una persona, no una lista de defectos.
Quiero que aquella niña pueda crecer tranquila.
Y quizá esa sea una de las formas más bonitas de sanar:
convertirte en la persona que aquella niña necesitaba.
Porque hay una niña dentro de muchas de nosotras que todavía necesita escuchar que es suficiente.
Que no tiene que desaparecer para ser querida.Que no tiene que ser perfecta.Que no tiene que parecerse a nadie.Que puede ocupar espacio.Que puede comer.Que puede disfrutar.Que puede vivir.Y que su cuerpo nunca fue su enemigo.
Quizá solo necesitaba que alguien le enseñara a quererlo.
Y ahora quiero ser yo quien se lo enseñe.
Espero que os haya gustado el cambio del tema y sigáis leyendo🍀















